Los tatuajes son aún considerados en Japón como un símbolo de pertenencia a la "yakuza" (mafia), pese a que cada vez son más los nipones y extranjeros que se tatúan por motivos meramente estéticos y atraídos por este arte milenario del país asiático. 

Muchos turistas que visitan Japón se sorprenden al ver carteles de "prohibido tatuajes" en gimnasios, piscinas, balnearios o playas, donde se impide el acceso de personas tatuadas o se les exige cubrir estos adornos corporales con prendas o vendajes.

El gremio de los tatuadores y los amantes de este arte han comenzado a movilizarse contra esas prohibiciones, cuyos orígenes se remontan a la época Edo (1603-1868), y tratan de cambiar la percepción todavía generalizada en Japón de las personas tatuadas como delincuentes o parias.

"Quienes no llevan tatuajes o no saben apreciarlos suelen vincularlos a la 'yakuza', pero ambas cosas no tienen nada que ver", dice a Efe Horimitsu, uno de los más reputados tatuadores con la técnica "tebori" (a mano y sin emplear máquinas) de Tokio.

 

Katy Perry y otros famosos

Desde que abrió hace 15 años su estudio en el barrio de Ikebukuro, este "horishi" (tatuador) recibe a un número creciente de extranjeros -entre ellos celebridades como los músicos Katy Perry o John Mayer-, quienes representan ya la mitad de su clientela.

"Creo que el tatuaje a mano es más valorado en el extranjero que en Japón (...) Aquí todavía se considera una práctica 'underground' (clandestina)", explica el tatuador Horimitsu. 

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Firmas por la web 

La plataforma Save Tattoing (Salvar el Tatuaje) está recabando miles de firmas para pedir al Gobierno un cambio legislativo en línea con otros países desarrollados, donde a los tatuadores se les exige una licencia que garantiza el cumplimiento de estándares de seguridad e higiene, pero no un permiso para operar como profesionales sanitarios.

Uno de los impulsores de la plataforma, el tatuador de Osaka Taiki Matsuda, ha llevado la normativa a los tribunales al considerar que criminaliza el oficio y amenaza con sumirlo en la clandestinidad, después de que su estudio en Osaka (oeste) fuera objeto de una redada policial.

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Esta situación llama aún más la atención si se tiene en cuenta el declive que atraviesa la mafia nipona, cuyos miembros, quienes solían exhibir sus tatuajes como motivo de orgullo y símbolo de pertenencia, mantienen un perfil cada vez más bajo ante la presión creciente de las autoridades.

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